Schelling

El problema de libertad y necesidad en Schelling 

 

Alejandro Rodríguez Peña.

 

<< Der Anfang und das Ende aller Philosophie ist ― Freiheit! >>.

 

 

Es importante dar unos pasos previos, de aclaración y dilucidación del problema de la dicotomía entre libertad y necesidad, antes de darle respuesta desde el pensamiento de Schelling. Creo preciso comenzar los pasos desde el concepto de “intuición intelectual”, clásico en el Idealismo alemán.

La intuición intelectual en Fichte ha de entenderse como “autoaprehensión inmediata de la actividad originaria” (Colomer, Eusebi: (2001) “El pensamiento alemán de Kant a Heidegger” tomo II, 97: Herder, Barcelona.). Schelling coincide en parte con esta visión, pero por otro lado va más allá, no sólo será aprehensión inmediata de lo absoluto, sino la visión pura del mundo suprasensible, será una introducción en el seno del absoluto, como necesidad en un movimiento de atracción inconsciente, y que por tanto, al tomar consciencia de la misma se pierde, se desvanece. ¿Cómo solucionar la ingravidez de la intuición?, ¿cómo hacerla nuestra? Simple, haciendo de la intuición intelectual un objeto.

 

Si la intuición estética no es sino la intelectual objetivada, es evidente que el arte es el único órgano verdadero y eterno y a la vez el documento de la filosofía atestigua (beurkundet) siempre y continuamente lo que la filosofía no puede exponer exteriormente, a saber, lo no consciente (das Bewusstlose) en el actuar y en el producir (im Handeln und Producirán) y su originaria identidad con lo consciente. Por eso mismo el arte es lo supremo para el filósofo, porque por así decir, le abre el santuario donde arde en una única llama, en eterna y originaria unión, lo que está separado en la naturaleza y en la historia, aquello que ha de escaparse eternamente en la vida y en el actuar, así como en el pensar. La visión que el filósofo se hace artificialmente de la naturaleza es para el arte originaria y natural. Lo que llamamos naturaleza es un poema que se halla encerrado en una prodigiosa escritura secreta (geheimer). Pero si se pudiera desvelar el enigma, veríamos en él la odisea del espíritu que, burlado (getäuscht) prodigiosamente, al buscarse a sí mismo huye de sí mismo; pues mediante el mundo sensible vislumbra el sentido, como mediante palabras, sólo como mediante una niebla sutil, el país de la fantasía al que aspiramos. Todo cuadro soberano surge, se diría, al caer el invisible muro divisorio que separa el mundo real del ideal; es la abertura a través de la cual salen plenamente a escena aquellas figuras y regiones del mundo de la fantasía, que a través del mundo real sólo son entrevistas de manera imperfecta”. (Schelling: (1800) “Sistema del idealismo trascendental”, 627/628.)  

 

Este texto de Schelling tiene como objeto la justificación de la superioridad del arte frente a la filosofía, a pesar de que ambas, filosofía y arte, pretenden exponer lo que es el absoluto cada una de ellas desde el ámbito que le es propio. Este absoluto que pretende definirse es transubjetivo y transobjetivo, es decir, punto de unión del “yo” que se forma en oposición a la naturaleza y de esta como preconsciente del “yo”; el absoluto es la unidad indiferente antes de bifurcarse en el “yo” o en la “naturaleza”. La filosofía alcanza el absoluto mediante la intuición intelectual, que es la aprehensión del absoluto en sus formas finitas en un acto inconsciente, inmersión del tiempo en la eternidad. Tras este acto inconsciente, cuando el sujeto toma consciencia, la intuición intelectual se disipa al igual que el absoluto, dejando tan solo unas huellas tras de sí (como quien intenta coger agua con las manos). Necesita pues de un método de extracción que pueda permanecer en lo consciente, que sea un objeto, en una obra de arte (genial, perfecta) que fuera el producto de una actividad inconsciente. De este modo, “la intuición estética no es sino la intelectual objetivada”, es decir, es el objeto producto de la intuición intelectual (ahora el agua estará contenida en un recipiente, permaneciendo ahí para nosotros, no se escapará). 

La obra de arte muestra de manera eficaz lo que la filosofía tan solo intenta. Así podrá el arte ser un elemento de cohesión social (mediante símbolos del absoluto), accesible público en tanto realidad externa, en tanto objeto, mientras que la filosofía permanecerá en un ámbito individual por ser la intuición intelectual una realidad individual y privada. Esta conclusión es respaldada por Friedrich Kaulbach ya que “El conocimiento de la identidad que el filósofo ha de realizar mediante la intuición intelectual se consigue en el plano estético a través de la inteligencia de la intuición sensible. En el modelo de la producción artística se muestra al filósofo un proceso considerado por Schelling como un movimiento de entrelazamiento reciproco entre libertad y necesidad, razón y naturaleza, producción consciente e inconsciente”.(Kaulbach Friedrich Kaulbach: (1988) “La estética de Kant y la filosofía del arte de Schelling” en Los comienzo filosóficos de Schelling, página: Universidad de Málaga, Málaga.)

 El “genio” será de este modo aquel que tiene conciencia del absoluto a través de la intuición intelectual y esta a su vez capacitado para objetivarla en un símbolo, unión de lo finito y lo infinito, inmersión del tiempo en la eternidad. Es el comienzo de la unión de la necesidad y la libertad creadora. Pero, ¿no nos llevará esto a una dicotomía, elección aporética entre libertad y necesidad? “Donde hay libertad absoluta, hay bienaventuranza absoluta, y a la inversa. Pero con la libertad absoluta es impensable ya ninguna autoconciencia. Una actividad para la que no hay ningún objeto ni resistencia no retorna jamás así misma”. La obra de arte sigue siendo un objeto finito manifestación del absoluto sin ser el absoluto, ¿cómo acceder al absoluto sin perder la libertad (sin dejar de ser conscientes, sin atarnos a la necesidad inconsciente)? En palabras de Xavier Tilliette: “Por así decirlo,… “La conciencia de sí presupone el peligro de perder el Yo”. Es un obligado esfuerzo del Yo empírico (conciencia), que intenta salvarse y recobrarse en medio del flujo de las representaciones, y no un acto libre del Yo inmutable, que impone silencio a todo objeto. Se podría comprender que la conciencia, dedicada a la necesidad, va al encuentro de la absoluta libertad y señala su ocaso” (Tilliette, Xavier: (1988) “Los comienzos de Schelling: lo absoluto y la intuición intelectual” en Los comienzo filosóficos de Schelling, página: Universidad de Málaga, Málaga.) Además, al pretender “alcanzar este libertad como objetiva… el propósito será siempre erróneo, puesto que ésta consiste precisamente en que excluye todo No-yo” (Schelling: (2004).  “Del yo como principio de la filosofía” página: Trotta, Madrid.)

Este será el problema, la libertad y la necesidad simultáneas, y su relación con el hombre. Para la resolución de este problema Schelling acude al concepto de Dios en “Investigaciones sobre la esencia de la libertad humana” (1809), donde necesidad y libertad se dan de un modo simultáneo. Desde la definición del concepto y la relación que se da entre éste y el hombre, se encontrará la respuesta a esta cuestión. Tras ello, volveremos a la cuestión de la libertad humana para finalizar este escrito centrándonos en la figura del genio y su relación con la necesidad y la libertad.

Schelling se ve fuertemente influenciado por Fichte, Spinoza y por Leibniz. Del primero abstrae la idea de absoluto, el concepto de intuición intelectual… de Spinoza el enunciado Dios es el mundo, y del último la lógica leibniziana. La conclusión que alcanza es que Dios es el fundamento del mundo, y éste es la exposición de Dios; pero, ¿cómo se expone (se manifiesta) Dios en el mundo? Si lo hiciera de forma directa, ¿éste no sería perfecto? La manifestación de Dios es a través de la acción del hombre en la historia, desde su acción libre. Volvemos al punto de partida, ¿qué es la libertad humana?

La definición que da Schelling de libertad humana es positiva, a saber, la capacidad de hacer el bien y el mal, y estos son hechos existentes (de ahí que sea positiva). Hay que entender el bien como concordancia de una cosa con su concepto, y el mal su opuesto. En el mundo se da un estado de cosas, y será responsabilidad del hombre acercarlo a su concepto dándole realidad efectiva (hacer el bien en una lucha de superación) o alejarlo (invertir el orden haciendo el mal. Pero, ¿de dónde surge el mal? Éste no proviene del hombre ni del mundo, sino de Dios, la identidad de diferencias. Por tanto Dios no es una cosa, ni un yo distinto de lo otro… es un proceso de unidad, una vida. ¿Qué es entonces la vida? La superación de la muerte (como al andar el evitar caer, mantener el equilibrio en constante lucha con la gravedad), es la búsqueda del equilibrio en el desequilibrio, luchar con la resistencia, poner fundamento en el fondo. La muerte es de este modo el rendirse, el caer, hundirse en el fondo. En Dios esta vida y su muerte se dan de forma simultánea: el fundamento, el bien, la libertad, la consciencia, el espíritu, la necesidad, lo inconsciente, el mal… es la identidad indiferenciada de diferencias. De este modo, el bien y el mal son principios de Dios (¡y nunca actos!) de la existencia de Dios. Las propiedades de Dios son en él por su naturaleza. Pero hemos dicho que en el hombre el mal es acto y no principio, pero ¿por qué no es solo principio como en Dios? “Porque entre Dios y el hombre existe una diferencia esencial: en Dios aquellos dos principios aunque distintos no son separables, mientras que en el hombre se da esta separación. << Si la identidad de los dos principios fuera tan indisoluble en el espíritu humano como en Dios, no existiría entre ambos ninguna distinción…” (Colomer: 116).

 

En este punto es preciso contemplar la relación que existe entre el hombre y Dios. “El hombre no está fuera de Dios, sino en Dios”  (Schelling²; (1989).  “Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana”; Anthropos, Barcelona), es decir, el hombre es necesariamente a partir de Dios, y a él le debe sus propiedades (el hombre y todas las cosas). De este modo el hombre es “un ser subsistente y relativamente independiente… de estirpe divina…, susceptible de imputabilidad y responsabilidad de sus acciones” (Duque, Félix: (1998) “Historia de la filosofía moderna”, 312: Akal, Madrid).

“En el hombre se encuentra todo el poder del principio tenebroso y a la vez, precisamente en el mismo, toda fuerza de la luz. En él se hallan el abismo más profundo y el cielo más alto, o ambos centros. La voluntad del hombre es germen, oculto ansia eterna de Dios, sólo presente aún en el fundamento; es el rayo de vida divina, encerrado en el hondón, que Dios vino a captar a la voluntad como haciéndose naturaleza. En él únicamente Dios ha amado al mundo”. (Schelling²: página)

En esta ocasión Schelling nos muestra cómo es la libertad del hombre, su relación con Dios y cómo mediante su acción el hombre puede acercar el mundo a Dios, tal y como ha sido explicado más arriba.

Una vez contemplada la libertad humana, es preciso contemplar en qué sentido se puede observar la necesidad en él. La necesidad en el hombre es la sumisión al absoluto que es Dios, luchar por el bien para acercar el mundo a Dios y en esta libertad capacitada de hacer el  bien por la “fuerza de la luz” consiste la necesidad. La necesidad es del bien hacer de la libertad (resulta curiosa la polisemia que la palabra necesidad tiene; necesidad como carencia; necesidad como imperativo). Una vez conciliados libertad y necesidad, contemplemos al paradigma humano en el que necesidad y libertad se dan de modo casi simultáneo (ya que si se da la unión absoluta estaríamos ante Dios), el genio, el artista.

“El conocimiento de la identidad que el filósofo ha de realizar mediante la intuición intelectual se consigue en el plano estético a través de la inteligencia de la intuición sensible. En el modelo de la producción artística se muestra al filósofo un proceso considerado por Schelling como un movimiento de entrelazamiento reciproco entre libertad y necesidad, razón y naturaleza, producción consciente e inconsciente […]. El artista que emprende una obra de arte se sitúa frente a la tarea de proyectar con su inteligencia sensible un plan, en el que se examinan minuciosamente las ideas artísticas y los medios para su realización en una reflexión con una finalidad racional, con conciencia. Sin embargo, la producción artística se diferencia de la praxis en que no debe poner la realización perfecta de la idea en una distancia infinita, sino que ha de llevar a cabo una obra en la que idealidad y realidad, lo consciente y lo inconsciente alcancen su identidad. Por esta razón, la experiencia estética queda completamente absorbida por el presente y por su significatividad infinita, en lugar de dirigirse a un resultado futuro como es el caso de la conciencia que actúa.” (Kaulbach: página) El genio es el hombre que por naturaleza, sabe que en él habita el absoluto, tiene conciencia de absoluto, y desde ella, tiene visión de él, tiene la intuición intelectual, que además, pos sus capacidades, puede objetivar en la obra de arte, en el símbolo de unión creadora de libertad y necesidad. El absoluto es el principio y el fin manifestado por el genio para materializar en el mundo el absoluto.

 

 

Bibliografía:

 

-Colomer, Eusebi; (2001) “El pensamiento alemán de Kant a Heidegger”, tomo segundo; Herder m Barcelona.

 

-Duque, Félix; (1998) “Historia de la Filosofía Moderna. La era crítica”; Akal, Madrid.

 

-Falgueras, Ignacio; (1988). “Los comienzos filosóficos de Schelling”; Editado por la Universidad de Málaga

 

-Schelling; (1989).  “Investigaciones filosóficas sobre la esencia de la libertad humana”; Anthropos, Barcelona.

   idem.  (2006). “Filosofía del arte”; Tecnos, Madrid.

idem. (2004).  “Del yo como principio de la filosofía” Trotta, Madrid.

 

 

 

 


  Traducción: El inicio de toda filosofía es…¡la libertad!.

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