Antropología filosófica

Naturaleza humana: debate sobre la autonomía del hombre.

Introducción:

El siguiente trabajo, tiene la intención de analizar y comentar dos libros acerca de la candente discusión sobre la naturaleza humana. Estos son “El hombre, un animal singular” de Vítor Gómez Pin, y “La naturaleza humana” de Jesús Mosterín. Ambos libros, a pesar de versar sobre el mismo tema, no poseen posturas similares respecto los problemas que surgen sobre el debate de la naturaleza humana. Uno de estos problemas, principales en la Antropología filosófica, es aquel que trata acerca de la autonomía del hombre y de sus consecuencias, objeto formal de la disciplina filosófica

El orden que procuraré tomar en mi exposición será el siguiente; Primeramente pasaré a analizar ambos textos por separado, para mostrar de forma clara las distintas posiciones de los dos autores. Seguidamente compararé las posturas de los escritos, para realizar una crítica y valoración de los mismos. Acabaré mi escrito con la exposición de mi visión de este problema y mi postura ante este debate para finalmente verme capacitado como para dar una definición de la naturaleza humana.

Jesús Mosterín, profesor de Lógica y de Filosofía de la Ciencia en la Universidad de Barcelona, mantiene una postura muy científica respecto el debate sobre la naturaleza humana y el objeto formal de la Antropología Filosófica. Defiende la continuidad de la evolución y la igualdad de los seres vivos.

Son muchas las posturas, a lo largo de la historia, que negaban la existencia de una naturaleza humana. Esto era así porque no concebían la igualdad del animal y el hombre, sus teorías partían de la superioridad del hombre respecto a la animalidad. Así, los planteamientos sobre la negación de la naturaleza humana daban como rasgo diferencial y de superioridad, que el conjunto de los animales poseían una naturaleza dependiendo de la especie, pero la especie humana, no. Otras posturas que si afirman la naturaleza humana, la contemplan como construcción de sí mismas. El hombre construye su ser desde su libertad, desde sus actos, desde su libertad incondicionada. Hoy en día, con los avances de la ciencia en lo que respecta a los genes, no cabe la postura relativa a la negación de la naturaleza humana, y menos que esta sea algo incorpóreo o espiritual. La postura del autor es clara, tanto el hombre, como la mujer, son pertenecientes a la especie de los humanes, y por tanto tienen una naturaleza, la humana. Para descubrir esta propone una naturalización de esta, valga la redundancia.

Así, será necesario un estudio que nos permita el reconocimiento de los rasgos del hombre (comunes en la humanidad incluidos en los genes) en cada momento histórico para no perder ningún detalle, es decir, hay que estudiar la historia evolutiva, fiel reflejo de la evolución de los genes, de su transmisión, y de la adaptación de estos a las leyes físicas (estudio referente a las teorías evolutivas, leyes de la genética, del genoma…). El autor realiza un estudio muy detallado y científico de la historia evolutiva, desde la aparición de la primera célula, de su diversificación, de los movimientos de las placas continentales y la influencia que supuso en la evolución de las especies (llevando la teoría a un nivel más allá que la mera transmisión de los genes, cobrando importancia los efectos que producen en nosotros la naturaleza), los primeros pasos sobre tierra firme y la salida del agua… así hasta el primate, aparición de los primeros hombres y evolución, adaptación y desaparición de los mismos hasta llegar al hombre actual. Pero esto no implica que el hombre sea mejor o peor que el resto de las criaturas, sino que se trata de una especie distinta, y con lo cual, una naturaleza distinta del resto de especies. Esto es, que el ser distintos no es ser mejores, sino solamente distintos. El profesor Mosterín lleva a cabo una metáfora que veo eficaz para la explicación de lo que nos quiere mostrar: “Si dos coches salen de Madrid y se dirigen a Barcelona y a Sevilla, respectivamente, ninguno de ellos va por delante ni por detrás del otro…”

Una vez que nos muestra que la naturaleza de la especie humana ha sido producto de un proceso evolutivo (el cual fue, está, y estará siendo estudiado hasta encontrar la respuesta a la pregunta relativa a la esencia humana), que no se trata de una superioridad entre las especies, el profesor Mosterín busca aquellas características que delimitan, que definen a la misma.

De este modo, a esta naturaleza pertenece primeramente el rasgo de ser viviente, animado, es decir, el ser animal, ya que somos organismos multicelulares, poseemos nuestro propio genoma, somos heterótrofos, nos reproducimos sexualmente, somos diploides… como el resto de seres pertenecientes al reino animal.

Otro rasgo de la naturaleza humana es el lenguaje, quizá el más característico. Definiremos este en contraposición de otros sistemas de comunicación usados por el resto de animales, delimitando así su significado. Por lenguaje entenderemos un sistema de comunicación sonora, aunque también puede realizarse mediante gestos manuales o por escrito, encontrando su peculiaridad en la recursividad, esto es que desde en número finito de elementos (letras, signos…) podemos formar un número infinito de conjuntos de elementos expresivos (palabras, oraciones…). Así, el lenguaje humano encontrará su particularidad respecto a los demás sistemas de comunicación animales en su recursividad.

El siguiente rasgo a analizar será la cultura en oposición a la naturaleza. Para llevar a cabo este análisis será necesario explicar lo que Mosterín entiende por ambos términos. Así, cultura será la información transmitida por aprendizaje moral, y por naturaleza aquello que nos es dado de antemano, lo innato. Un ejemplo que esclarece este rasgo es que por naturaleza el hombre habla, y por cultura lo hace en un determinado idioma. Después de esta aclaración, el autor lleva a cabo el análisis del tema con su relación con la religión, con el lenguaje, con la ciencia, con la política… pero de especial interés, en base a la problemática de la cual me ocupo diferenciando la cultura de la conducta animal, creo que son el aprendizaje social y la evolución cultural. El aprendizaje social “es el proceso mediante el cual la información es adquirida por el animal y almacenada en su cerebro”, es decir, “la adaptación individual de la conducta del organismo al medio”, aunque también puede ser social, siendo la imitación la forma por excelencia de asimilación de información transmita por los demás. El segundo, la evolución cultural es una teoría análoga a la teoría de la evolución de la transmisión genética; así los memes (en analogía con los genes) serán “las unidades elementales de información cultural… en un contexto dado”, que se transmitirán horizontalmente (entre coetáneos) u oblicuamente (a miembros de la generación siguiente que no son los propios hijos) siendo así “la cultura del individuo x en el instante t es el conjunto de los memes almacenados en el cerebro de x en ese momento t”. Estos rasgos de la cultura, son a mi parecer los que delimitan y distinguen la cultura y el comportamiento humano.

El último rasgo de la naturaleza de la humanidad que Jesús Mosterín estudia es la moralidad. La humanidad no esta completamente determinada por su naturaleza, sino que existe una pequeña parcela en la que la reflexión para la toma de decisiones es esencial, es la moralidad esta parcela. Para poder elegir cada individuo tomará y adquirirá como propios reglas morales que encuentran su justificación en las teorías éticas.

Desde esta postura, la investigación de la naturaleza humana será con el paso del tiempo y como producto de una investigación científica tal y como lo ha sido el descubrimiento del peso atómico del oxígeno. Pero para muchos, esta naturaleza no es tal, sino que es concebida como la dignidad del ser superior. Mosterín difiere de estas posiciones ya que “la dignidad es un concepto relativo, la cualidad de ser digno de algo” y lo que esto implica, que “el fundamento de la moral no está en la dignidad abstracta, sino en la plasticidad concreta de nuestro cerebro, en nuestro margen de maniobra, en nuestra capacidad de pensar y decidir… en una discusión ética racional no deberían admitirse términos tan vacíos como los de honor o dignidad, so pena de convertirla en una ceremonia de la confusión.”

Es decir, Jesús Mosterín defiende la naturaleza humana sin olvidar que sigue siendo un animal, y que por tanto, el hombre ha de ser capaz de convivir con los demás animales desde la igualdad ya que existe una continuidad en la evolución, no hay saltos y las distinciones no implican superioridad. Las conclusiones más inmediatas de este tipo de posturas es que la acción del hombre sobre la naturaleza debe partir siempre desde la igualdad, como si de un imperativo categórico kantiano se tratase, porque el hombre a pesar de ser distinto de las demás especies no deja de ser un animal más. Los actos fuera de la igualdad podrían desembocar en la destrucción de la vida en nuestro planeta, incluida la nuestra. De este modo, cuando equipara al hombre con el resto de animales, si tomamos como premisa que el hombre es un animal más entonces no deberá ni podrá ocupar el lugar que tanto ha ansiado. Hay que concluir que no se da un antropocentrismo.

Muy distinta a esta postura es la del profesor de Teoría del Conocimiento e Introducción al Pensamiento Matemático en la Universidad Autónoma de Barcelona Víctor Gómez Pin, que nos da una visión más metafísica del problema, ya que nos ofrece una definición naturaleza humana basándose en la dignidad desde la diferencia específica, colocando al hombre en un plano superior que al resto de la naturaleza, sin continuidad en la evolución, sin capacidad de enlace en la historia evolutiva

La aparición de la vida no es un misterio. La vida no surge a causa de unas fuerzas especiales que trasciendan el orden natural, no son histéricas. Tampoco se da una generación espontánea, si no que muy al contrario se puede reproducir el inicio de la vida en un laboratorio, es así una experiencia repetible, un experimento (llevado acabo por primera vez por Stanley Myller). Es decir, defiende y se hace portavoz de una teoría evolucionista (aunque un poco relativa) en contraposición a un fijismo (al igual que el profesor Mosterín).

A partir de este experimento se dan las formas más primitivas de vida, Pin mantiene, como todo aquel que esté un poco informado y formado en el tema, que van surgiendo formas de vida cada vez más complejas a lo largo del tiempo. Pero a pesar de esta creencia, difiere en su postura ya que Pin no defiende que se dé una continuidad entre las especies antiguas y las modificadas nuevas. Esto implica que las especies se van especificando, delimitando, diferenciando unas de las otras eliminando así la posibilidad de una continuidad en la evolución. Realiza así un estudio sobre la evolución que se da hasta llegar a la especie humana. Éste es menos profundo que el que nos dio Mosterín, y desde el mismo nos lleva a un análisis del término cultura desde las conductas animales en contraposición a la de los animales. El comportamiento animal, una vez estudiado da una conclusión (a tres niveles a saber comportamiento entendido como estimulo-reacción, percepción que los propios animales se hacen de cada situación determinada o comportamiento como experimentación desde emociones y afectos, aunque solo se detenga esta última y más importante). Esta conclusión nos lleva a decir que la conducta de los animales se basa en la acumulación de conocimientos y hábitos adquiridos a través de los demás. En este aspecto, el hombre esta más capacitado a hacer cultura, pues posee una mayor y mejor predisposición ya que asimilamos la información externa de manera más eficaz. Por tanto, la cultura será las modificaciones del entorno heredadas, “acumulación de conocimientos y hábitos adquiridos a través de los demás”. Partiendo de esta definición, estudiará la cultura a distintos niveles lingüístico, estético… veremos como entiende cada rasgo. Aquí surgirán los debates de si los animales poseen las capacidades del hombre al mismo nivel. Por ejemplo, la capacidad estética, pero tiene fácil respuesta ya que existen de hecho especies que si tienen comportamientos estéticos. Su postura queda clara, la cultura que se de en el animal, no se puede comparar en este momento con la humana, pues no alcanza el mismo nivel de complejidad.

A pesar de lo influyentes que son las conductas estéticas para la formación de una cultura, no son los únicos aspectos influyentes en la cultura, sino que muy al contrario también la moralidad es de gran importancia en la configuración de una cultura. Teniendo la moralidad tal responsabilidad, para Gómez Pin, es un rasgo esencial de la especie humana, ejemplo de la ruptura de la continuidad evolutiva, ya que no lo ve como “un refinado momento al que se habría llegado a través de la continuidad evolutiva”. Deja de ser efectiva la teoría evolutiva de Darwin, ya que no sirve para analizar la moralidad. Es cierto que los animales sufren empatía, poseen una moralidad, pero no es equiparable a la del hombre. Al hablar de la moralidad a nivel animal, se manifiesta que se cumple una función genética, es decir, se basa tan solo en la función. En cambio en los hombres este comportamiento surge de una motivación. Esta es la principal diferencia de la moralidad en el hombre y en el animal y la causa de que no exista la continuidad de la evolución, sino que se de una ruptura en la misma. Por otro lado, la moralidad del hombre también muestra que las acciones humanas pueden ser fruto de la reflexión, es decir, de la racionalidad del hombre, de la capacidad de separarse de la inmediatez, para reflexionar y después de llevar a cabo una decisión, actuar del modo que se adecue a nuestra motivación.

Otro reflejo de discontinuidad evolutiva es el uso del lenguaje. En los animales se da un código de señales, mediante el cual se comunican, pero que no se puede denominar de lenguaje, ya que el código de señales responde al instinto de supervivencia, de conservación. Así, un código de señales tan sólo hace referencia a situaciones de peligro o a circunstancias beneficiosas. Estos códigos pueden alcanzar gran complejidad, pero sino hace referencia a más elementos, si su única función es indicar estas situaciones, no se puede considerar lenguaje. Por este último, a contraposición de las características del código de señales, harán referencia a situaciones, circunstancias que van más allá de la supervivencia con independencia de su complejidad. De este modo tan sólo se da el lenguaje en el hombre, pues las formas de comunicación de los animales no cumplen el requisito para ser considerados lenguajes, serán tan solo códigos de señales. Es otro ejemplo de discontinuidad en la evolución, signo de la dignidad y superioridad humanas.

Así, la conclusión de este discurso será la siguiente, a saber, que cualquier postura que no defienda esta idea del hombre, supondrá un desprecio a la singularidad humana.

Para resumir esta postura diré que Pin cree en una teoría evolutiva, la cual no se da de manera continua, de la cual ha surgido el hombre, capacitado, ya que posee una moralidad, un lenguaje, una facultad racional incomparables por no ser equiparables a las del reino animal, a gobernar la naturaleza y sus productos, siendo así superior, portador digno de sus facultades. De este modo, la humanidad se encuentra en pleno derecho del uso de sus capacidades para dominar a su subordinado, a aquello que le es inferior, al resto de especies y a la misma naturaleza. Tras buscar en los rasgos de la condición humana, encuentra en l capacidad racional y en sus productos la justificación de un antropocentrismo. El hombre ocupa el lugar desde el que hay que considerar todas las demás cosas.

Es evidente que estas posturas poco tienen en común, y es gracias a esto mismo que conozco ahora en más profundidad el tema. Tras la lectura de los libros, debo confesar que me encuentro identificado con la postura de Jesús Mosterín, aunque esto no implica que el texto de Víctor Gómez Pin no me aportara nada, muy al contrario me ha abierto a otras posturas. Tal y como indiqué en la introducción, tras la exposición de las posturas, realizaré una valoración de las posiciones de ambos profesores, mediante la cual me propongo mostrar mi propia opinión, mi postura ante el debate de la autonomía del hombre y ante la cuestión de la naturaleza humana.

De este modo procederé a analizar los rasgos que creo imprescindibles para definir esta naturaleza de la humanidad. Evidente es que existe una naturaleza humana tal y como indican ambos autores. El problema surge cuando tratamos de encontrar la definición de la misma. A pesar de las dificultades que implica, veo como estrategia más eficaz la de Mosterín. Apoyo el partir el estudio desde el análisis de la historia evolutiva, pues esta nos da las claves para nuestro objetivo, así entiendo como un error la postura de Pin en lo que se refiere a lo científico del tema, quiero decir, el profesor Mosterín lleva a cabo una historia de la evolución para conocer las claves para definir la naturaleza humana mucho mas detallada y completa que el profesor Pin. Pero no solo se queda hay, sino que reconoce que su libro quedará obsoleto (y esperemos que dentro de poco tiempo) ya que la ciencia tarde o temprano no nos dará una respuesta, sino que nos concederá la respuesta a la cuestión central del objeto formal de la Antropología Filosófica. En este ámbito creo que Jesús Mosterín ha dado con el quid de la cuestión, será la ciencia quien defina y esclarezca este interrogante.

El primer rasgo que voy a analizar es el lenguaje, esencial en la postura de Víctor Gómez Pin, ya que ocupa lugar en el titulo de su escrito. Creo al igual que él en la importancia de la palabra, ya que es un paradigma del poder de la razón, término principal  de la definición de la naturaleza humana (explicaré más adelante este pilar) pero no creo que sea suficiente como para hacernos portadores de una dignidad. Cierto es que Mosterín señala una propiedad esencial del lenguaje, la recursividad, y que Pin le da primacía al uso del mismo como diferencia con los códigos de señales. Pero creo que no son los únicos rasgos a señalar. Veo más apropiada y completa la lista de universales lingüísticos de Chomsky.

El segundo rasgo, en mi opinión esencial y en los textos apenas tratado (tan solo en el apartado del libro de Mosterín dedicado a la ciencia y al progreso), es el uso de la técnica en el hombre. Esta faceta permite la adaptación y modificación de su entorno para poder facilitar su existencia o mantener su forma de existencia actual frente a las adversidades e imposiciones de la naturaleza. De este modo se puede entender que el hombre para sobrevivir, para su supervivencia se ve obligado a la técnica. Visto así, el hombre será técnica en si mismo. Para realizar el proceso técnico, tiene que desvincularse de la inmediatez de la realidad, hacer uso de la reflexión para así escoger el mejor medio, la mejor estrategia para volver a vincularse con la realidad y modificarla según sus necesidades acercándose a su proyecto construido desde la voluntad. De esta faceta surge el debate del objeto formal de la Antropología Filosófica, sobre si la humanidad esta en su derecho de usar la técnica sobre la naturaleza, de si es autónomo y por tanto libre, o por lo contrario es heterónomo y por tanto determinado.

La moralidad es el tercer nivel que voy a tratar ya analizado por ambos autores. Entenderé por moralidad la reflexión que el hombre sobre una acción tomando como base un conjunto de teorías éticas (este sentido es muy similar al que le concede Pin). Así el hombre decidirá si la acción a realizar es buena o no, y si procede realizar o modificar mi acción. El discurso llevado a cabo por los autores tienen grandes repercusiones morales a nivel técnico. La posición de Mosterín es poco aceptable, ya que el hombre tiene la facultad de técnica, de modificación del entorno (lo que nos distingue y especifica). Esta facultad nuestra afecta de forma directa a la naturaleza, y al resto de los animales; de este modo no existe una igualdad, nosotros podemos afectarles a ellos, modificarles y adaptarles a nosotros, y de esto no son capaces ellos, no tienen esta facultad. Es ridículo mantener que existe una igualdad. Estamos capacitados para influenciar, y por tanto estamos en nuestro derecho de usarla. En cambio Gómez Pin, a pesar de ser consciente de dicha capacidad frente a la naturaleza, cree en un dominio absoluto de la misma. Esto nos llevaría a la destrucción de lo que nos permite la existencia, sería una actitud irresponsable, sin prever las consecuencias que conllevan los actos de dominación absoluta. La posición más adecuada, creo que sería el dominio bajo el respeto. Ejemplo de este tipo de conducta sería el desarrollo sostenible. No somos parásitos, sino que necesitamos de una relación de simbiosis. Es evidente que necesitamos de un antropocentrismo, pero esto no debe implicar que seamos el centro y medida de todas las cosas, sino que también nos vemos influenciados por el entorno al que debemos conservar si queremos continuar de manera efectiva con nuestro antropocentrismo responsable.

Respecto al nivel cultural, tienen un concepto similar. Esta será el conjunto de todas las aportaciones heredadas de la sociedad que el individuo aprenderá y usará como arma con la cual enfrentarse a la naturaleza. Pero añadiré un matiz que veo necesario. La cultura es el producto de la técnica alcanzada, y además será productora de la técnica futura siendo progreso constante. Será también el acogerse a la identidad cedida para distinguir lo que soy yo, de lo otro. Si este otro se adecua a mí, lo mantendré, en caso negativo usaré la técnica, dominio desde el respeto y así conseguiré esa adaptación deseada. Desde la cultura podré modificar el entorno y así a la misma cultura. Es progreso descontrolado si no soy respetuoso. Necesitamos de una consciencia de acto, sino nos arrepentiremos de las consecuencias.

Estos son los rasgos que en mi opinión son esenciales en la delimitación y definición de la naturaleza humana. Existe en ellos un factor común, a saber, la facultad racional entendida como reflexión, ruptura de la inmediatez de la acción frente al estímulo. Esta actividad sería la específica de la humanidad en mi postura, y en tanto que específica debería ser el término principal sobre el que tendría que versar toda imagen y definición de la naturaleza humana. Sobre este concepto de reflexión se da sentido a toda actividad humana, incluso a la misma consciencia del mundo exterior, tanto como al fenómeno de la autoconciencia, el tener consciencia de sí mismo como miembro de la especie humana inmerso a la par en una cultura que actúa sobre la naturaleza.

Tal y como señalé en el apartado dedicado al lenguaje, este es un paradigma del poder racional del hombre. El pensamiento de Cassirer nos indica que un momento fundamental en el proceso de homonización fue el paso de la señal al lenguaje. En este proceso se da un espacio entre los objetos y los individuos, dándose así una doble dimensión. Así la acción del decir consiste en que un mensaje con la forma de señal sea retenido y reproducido posteriormente fonéticamente. En la técnica y en la moralidad se reproduce el mismo esquema, la separación para el futuro regreso. Con el surgimiento del hombre se rompe la vinculación del estímulo y la respuesta.

Me veo con derecho a decir de forma provisional como lo hace el profesor Mosterín, que el hombre es un animal racional, desvinculado de la realidad y capacitado para modificarla con las herramientas que él mismo se ha dado en esta acción (lenguaje, moralidad, técnica… y en la cultura que las abarca todas) y que ha de usar bajo el respeto a la misma realidad para no alcanzar la destrucción esta.

 

Las caracterizaciones de la condición humana en la tradición griega y judeo-cristiana.

Los textos escritos por Hesíodo y Homero recogen la tradición oral, son los primeros escritos míticos. Tras ellos el mito se fue modificando por los intereses del poeta, pues le daba un enfoque político, moral… De este hecho surge la importancia de estos primeros textos, porque han sido menos modificados que los posteriores y muestran así la conciencia que existía entre los antiguos griegos.

El siguiente escrito tratará los dos poemas de Hesíodo que tratan la imagen del hombre. Estos son “Teogonía” (versos del 535-617) y “Trabajos y días” (43-105). Trataré ambos poemas como si de tan solo uno fuera, pues a mi opinión la imagen de la condición humana que ofrecen son coherentes pudiendo alcanzar la visión global de ambos de manera más eficaz. Realizaré un resumen donde analizaré los detalles más importantes. Tras ello indicaré los rasgos de la condición humana que se dan en el mito.

El titán Prometeo (aquel que como su nombre indica prevé las consecuencias de sus actos) trató de engañar a Zeus, rey de hombres y dioses. Su engaño consistió en el reparto de un buey en un banquete al que asistían los dioses y los hombres. El reparto fue del siguiente modo: presentó dos montones, uno de huesos cubiertos de apetitosa grasa, y el segundo entrañas rellenas de jugosa carne. Zeus, conocedor de secretos eternales, al contemplar la escena, la utilizó como pretexto para castigar a los hombres, pues planeaba separar a los dioses de estos, repartiendo su justicia azarosa. Así, interpretó su papel y escogió el montón que parecía suculento pero contenía huesos. Con este hecho comenzó la perdida de la Edad de Oro de los hombres, en la que se daba una relación fluida entre hombres y deidades. Zeus tras el engañó castigo al hombre. Este castigo impartido por Zeus consistió en que el hombre no podría alimentarse ya de frutos silvestres, sin trabajar, sino que muy al contrario, deberían alimentarse de carne perecedera y a los dioses ofrecerles la quema de huesos imperecederos, instituyendo de este modo el sacrificio. También les privó del fuego eterno con el que cocinar el sustento y del alimento vital que surgía de manera silvestre. Prometeo no pudo dejar al hombre bajo el completo salvajismo que conlleva comer carne cruda, así que en el hueco de una caña robó el fuego y se lo devolvió a los hombres. Pero este fuego ya no era el eterno que pertenece a los dioses, sino que nacía, y sino se alimentaba se extinguía, es decir, poseía la misma naturaleza que el hombre. Este fuego también es el símbolo de la técnica, de la ciencia, de la agricultura, de la racionalidad del hombre, y gracias a él, el hombre perdió su condición salvaje. Gracias al fuego, el hombre pudo cocer el alimento, cultivar la tierra para conseguir el fruto a pesar de que este fuera concedido tras realizar un esfuerzo y un trabajo. Tras el robo del fuego, Zeus continuó con su plan y volvió con otra venganza por el robo del fuego, esta vez la calamidad planeada sería el peor de todos los castigos, la mujer. Ordenó crear a Pandora, en cuya construcción participaron todos los dioses olímpicos con ofrendas (de ahí su nombre). La mujer fue entregada a Epimeteo, hermano de Prometeo, que a pesar de haber sido advertido de no recoger ofrenda de Zeus, acogió a la mujer como su esposa. Comprendió su error tras sufrir el daño. Ella fue quien destapó la jarra que contenía los males y pesares para el hombre (la muerte ya no será como un sueño, sino que es algo terrible), que al verse libres vagaron por el mundo silenciosos. Tan solo la espera quedó dentro, por eso estos males nos acechan y atacan de forma inesperada. Pero no solo esto hizo la mujer, sino que ella en sí misma es un mal con apariencia de bien. Su belleza esconde grandes males para el hombre. En primer lugar posee astucia para engañar, tiene un corazón de perra y temperamento de ladrón, es insaciable de sexo y de alimento (pues devora todo sustento que el hombre desde su sudor consigue. En segundo lugar, porque con su aparición surge la institución del matrimonio. El hombre que no contrae matrimonio sufre el abuso de sus parientes, pues se reparten su hacienda y riquezas antes casi de morir, y al envejecer nadie te proporciona la atención que un anciano necesita. En el caso que encuentres una mujer y contraigas matrimonio con ella, puede suceder que no tengas descendencia, y por lo tanto nadie a quien dar tus riquezas. Por último, el mejor de los casos es que a pesar del mal que conlleva la mujer, pueda ser mitigado por la descendencia, donde el hombre puede dejar herencia de forma feliz. Prometeo no consiguió salir impune de su falta, sino que quedo sujeto y encadenado por su desmesura, donde sufría remordimientos por lo acontecido, simbolizado por un águila (buitre en algunas tradiciones) devorando sus hígado durante el día, que en la noche vuelve a regenerar.

El mito de Hesíodo nos da el reflejo de la condición humana, la conciencia que tenía un hombre de sí mismo, nos narra el origen de los males y su naturaleza y en último lugar nos explica que la perdida de la Edad de Oro es un mal irreparable, pues no hay una promesa de redención ni esperanza de volver a él. Trataré de ser claro en la exposición de estos puntos.

El hombre griego es muy consciente de que su naturaleza es muy distinta a la de sus deidades, y que el tratar de equipararse a ellos y cometer desmesura le conllevará un castigo, tal y como le sucedió a Prometeo. Así la condición del hombre es el ser distinto a los dioses, pero, ¿esto implica que el hombre sea un animal? En cierto modo a esta pregunta hay que responder afirmativamente, pues que en tanto que ser mortal atado a necesidades como el sustento para la supervivencia es un animal. Es animal pues sufre los males, como la enfermedad, el dolor, la muerte… y los sufre de manera ingenua, sin saber que le pueden ocurrir a él. Pero por otro lado el animal es salvaje, mientras que el hombre no lo es, sino que posee el fuego cedido por el titán, es decir, que es capaz de la técnica, de la ciencia, del raciocinio. De este modo no se puede simplificar diciendo que el hombre posee naturaleza animal, ni divina, sino que es una síntesis de opuestos, es poseedor de una apariencia engañosa lugar de fusión de opuestos (leit motive al que recurre el poeta griego Hesíodo: con los dos montones del buey donde se unen lo comestible de los desperdicios; con la caña verde y húmeda por fuera, y seca y candente por dentro; con la mujer bella y con malas intenciones; con el ánfora en la que se deberían conservarse los cereales o el vino que sirven de sustento pero incluye todos los males de la humanidad). Pero lo humano no solo se mueve entre lo divino y lo animal, otra síntesis de realidades opuestas son Prometeo y su hermano Epimeteo, facetas opuestas que se dan en el hombre. La primera es el reflejo del raciocinio, la previsión de las consecuencias antes de actuar, que es opuesta a la faceta animal de reacción según estimulo, el actuar sin prever las consecuencias.

Debido a estos rasgos, se puede decir que el hombre griego es unión de opuestos siendo la principal la dicotomía entre animal y deidad. Gracias a esta condición el hombre ocupará un lugar central en el universo. Se da por tanto un antropocentrismo. Pero, si el hombre es el centro, y todo lo demás es secundario, ¿cuál será la postura que el hombre bajo esta conciencia deberá tomar ante lo que le rodea?

El mito también nos da respuesta a este interrogante. El hombre tendrá que comenzar a cultivar la tierra para conseguir el sustento. Pero esto no es otra cosa que realizar el culto a la diosa Deméter, diosa de la tierra fértil. Al sembrar y cultivar, es decir al darla culto, la diosa recompensa a los hombres. Este es el inicio de la consciencia retributiva: el esfuerzo y trabajo que supone la agricultura vuelve a nosotros como un bien, el dolor se ve remplazado por una recompensa. Por otro lado, el hombre con la perdida de la Edad de Oro, su esencia divina se ve mezclada con la animal, es decir, se ve inmerso como una criatura más en la naturaleza, y su esencia desde el instante de la desvinculación directa con los dioses es fija, inmóvil. Si el hombre tratara de cambiarla, cometería desmesura y sería castigado por los dioses. Solo cabe la actuación respetuosa sobre la naturaleza, sobre todo lo que rodea al hombre griego incluido a sí mismo.

Mientras he tratado de plasmar la condición humana en la tradición griega, siempre he hablado del hombre, y no de la humanidad. No creo que haya sido un error. Es de importancia que la mujer siempre sea contemplada en el mito como un castigo divino, que nunca es reconocida como un igual con el hombre. La mujer se alimenta del trabajo del hombre, pero no trabaja, a los hombres les fue entregado el fuego antes de la creación de la mujer… de hecho reflejo es el lugar que ocupaba la mujer en la sociedad griega, pues se limitaba al ámbito domestico. La conciencia del hombre griego es que la mujer es la única forma de procrear, es este su valor, pues sino no podría el varón dejar estirpe, único modo de permanecer inmortal, de dejar huella en el mundo al que estamos condenados a abandonar.

El escrito bíblico del Génesis (capítulos 1-3) nos da la imagen y la condición humana que ha recorrido nuestra historia occidental: la tradición judeo-cristiana. Cierto es que tiene puntos en común con la condición humana de la tradición griega reflejada en el poema de Hesíodo, pero no son la misma. Tras el resumen y explicación del texto bíblico analizaré esta cuestión.

Dios creó cielo y tierra, la luz y separó de ella las tinieblas estableciendo noche y día, separó firmamento de las aguas y estas de la tierra firme, a las plantas sobre esta. Creó el sol y la luna, a los animales del agua, del aire y terrestres. Todo ello durante cinco días, y al sexto contemplo que no existía ser para que cultivase la tierra ni sacara agua de las entrañas de la misma. Faltaba un ser que dominara a la naturaleza y le diera nombre a cada una de las criaturas. Creó así al primer hombre, moldeado de barro e insuflado del aliento divino. Tras ellos, creó Dios el jardín del Edén con árboles frutales y con el árbol de la ciencia del bien y del mal para que el hombre lo habitara a condición de que se alimentara de todos los árboles a excepción de este último. Pero al contemplar Dios que el hombre estaba solo, le infundió un sueño profundo y de su costilla creó a la mujer, semejante a él, a la que el hombre reconoció como huesos de sus huesos y carne de su carne. La mujer será así un regalo para que ambos dominaran a la naturaleza y procrearan. Pero no todo fue calma en este paraíso, sino que apareció el animal más astuto creado, la serpiente. Esta con su lengua viperina engañó a la mujer para que tomara de la fruta prohibida, ya que si comía de ella, sería como Dios, conocería el bien y el mal. Comió así del fruto y dio de comer a su marido. Tras comer, se abrieron sus ojos y entendieron que estaban desnudos y se vistieron. Dios cuando vio que le habían desobedecido, impartió su justicia y castigo a la serpiente a caminar de su pecho y a enfrentar su estirpe con la de la mujer; a la mujer con el dolor en los partos, con el anhelo hacia el hombre y a ser dominada por él; al hombre le castigó con el trabajo para conseguir el sustento hasta el último de sus días, pues morirá. De este modo los expulsó del paraíso al que nunca podrán volver para que ningún hombre pudiera alcanzar el árbol de la vida.

En la tradición judeo-cristiana se contempla al hombre como culmen de la creación de Dios, y por esto también es antropocéntrica al igual que la tradición griega. Es la pieza final, ya que Dios crea todo lo existente y contempla que hace falta alguien que domine su creación. De este modo la naturaleza le es entregada al hombre, le es dada para que la pueble, cultive a su antojo y les de nombre a las criaturas; es decir, se da en el hombre cierta autonomía que en la condición humana griega no se percibía. Esto es, la humanidad no será ya un elemento más entre otros integrado en la naturaleza, muy al contrario el hecho es que el hombre es superior. Puede someter a la naturaleza. Cierto es que la humanidad ha sido creada como el resto de animales, pero a pesar de ello el hombre ha recibido el aliento divino, es la criatura preferida, culmen por excelencia. El lugar que ocupará el hombre será superior a los animales u al entorno natural pues lo nombra y lo domina, es decir, esta postura justifica un antropocentrismo, pero este lugar es inferior al de Dios, pues a pesar de que con la pérdida del Edén Él no esta presente , es el creador de todo lo existente. La visión griega queda totalmente obsoleta con este tipo de posturas. Si el hombre no es un dios, es imposible que pueda someter al mundo.

La expulsión del paraíso surge con la intención del hombre de tomar el fruto del árbol de la ciencia, intento de equipararse a la deidad, que como en el mundo griego este comportamiento se castiga. Esta metáfora de interiorización, pues el fruto se come, en mi opinión es la toma de la conciencia del exterior y hacerlo interno. Pero esta interiorización que se da de su situación, no es solo darse cuenta de su desnudez, sino también de esos males y castigos divinos, como el sacrificio y el sufrimiento… el ser conscientes de lo que nos ocurre constituirá la pérdida de la inocencia, es decir, sabemos lo que nos puede suceder. La razón supone una autonomía en la tradición judeo-cristiana, pues es poder, es independencia respecto de Dios. Tenemos la razón, tenemos poder, el cual debemos utilizar. Es la misma capacidad de razocinio que Prometeo regaló a los hombres. Así, la expulsión en ambos textos es la consecuencia de un acto de desmesura, el querer hacernos dioses, que en los dos casos se simboliza con la metáfora que representa la racionalidad característica de los dioses.

En la tradición griega fue Prometeo, pero en la judeo-cristiana fueron los mismos hombres quienes trataron alcanzar a Dios. Las dos condiciones humanas son muy distintas a lo divino, en la griega era una síntesis de la divinidad y la animalidad, en el caso que nos ocupa, no es ni una ni la otra. Ya no es la animalidad, porque el hombre es superior a lo creado y puede dominarlo, pero no es lo divino por el castigo impuesto por dios. Al tomar el fruto del árbol de la ciencia, el hombre se equiparó a Dios. El castigo fue la expulsión del paraíso y la imposibilidad así de tomar como alimento el fruto del árbol de la vida, la inmortalidad. Pero este no fue el único castigo, el hombre se ve obligado al esfuerzo y al trabajo para la supervivencia, ya no es solo el poder someterla, sino el deber someterla para subsistir.

Pero esta expulsión del Edén y pérdida de la Edad de Oro no es para siempre como en la tradición griega, es decir, la relación con Dios sigue siendo directa: se da una distancia que no rompe el vínculo sino que se retrasa, es un posponer. Así es, que en la tradición judeo-cristiana se da una posibilidad de redención, oportunidad de volver al paraíso, a la Edad de Oro tras la vida mortal. En la tradición judeo-cristiana la condición humana ya no es fija como ocurre en el mito de Prometeo, sino que existe algo inmortal en el hombre. Se nos da la posibilidad de ser de nuevo en el Edén. Recordemos que esto no ocurría en el mito de Prometeo, en el que la condición humana era fija.

Mientras que en la tradición griega la mujer no compartía la misma naturaleza que el hombre, en la judeo-cristiana ambos si la comparten. Prueba de ello es que el hombre la considera un semejante ya que el hombre la considera “huesos de mis huesos y carne de mi carne” (manifestación total de la mutua pertenencia, son de este modo una y la misma cosa), y que Dios les entregó el mundo para que en él procrearan y lo dominaran. Cierto es también que el castigo que Dios le impone a la mujer es el permanecer subordinada al hombre, pero esto no impide que ambos sexos compartan la misma condición humana.

Bibliografía:

-Hesíodo; “Teogonía” y “Trabajos y días” en los versos señalados

-Génesis, capítulos señalados

Bibliografía secundaria:

-Graves, Robert; “Los mitos griegos” en Alianza Editorial (2001)

-Vernant, Jean-Pierre; “El universo, los dioses, los hombres” en Anagrama (2003)

-Walter Wolf, Hans; “Antropología del antiguo testamento” en ediciones Sígueme Salamanca (1974) 

 

Alejandro Rodríguez Peña

 

 

Un pensamiento en “Antropología filosófica

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