¿Qué es «conocer»?


¿Qué es «conocer»? La palabra conocer puede usarse en muchos y variados sentidos. Podemos decir que alguien conoce algo cuando sabe que algo es o las razones de que ese algo sea. También decimos que alguien conoce a alguien cuando mantiene contacto fluido con ese alguien o, incluso, cuando mantienen un romance. Es este sentido el más interesante y el que más luz da al asunto del conocer.

¿Qué es «conocer»? Una relación entre amantes, el que conoce y el conocido. Pero al igual que hay modos y maneras de amar, también los hay de conocer. Adorno, del que ya hablé en otra ocasión, analiza en dos de sus trabajos dos teorías del conocimiento bien distintas, la de Husserl en Sobre la metacrítica de la teoría del conocimiento y en Tres estudios sobre Hegel, la de Hegel –aquel se editó por última vez en 1986 y este último lo hizo en 1974 para, finalmente, ahora ver la luz juntos–, y aunque no vaya a usar aquí los términos que usa él, intentaré mostrar por qué Adorno se fija en estos dos modos de conocer.

El primer modo de amar del que quiero hablar lo calificaré de erótico. De Eros decía Sócrates a través de la tinta de Platón:

Cuando nació Afrodita, celebraron un banquete los dioses y, entre otros asistía también el hijo de Metis, Poro. Y una vez que hubieron comido, vino a mendigar, como era de esperar al tratarse de un festín, Penía, y guardaba a la puerta. Poro, mientras tanto, embriagado de néctar, entró en el jardín de Zeus y, entorpecido como estaba, se echó a dormir. Entonces Penía, tramando, por su carencia de recursos, hacerse un hijo con Poro, se acuesta junto a él y concibió a Eros. Por esta razón precisamente Eros es acompañante y servidor de Afrodita, porque fue engendrado en su fiesta de natalicio y, al mismo tiempo, es amante de lo bello, y Afrodita es bella. Así pues, por ser hijo de Poro y Penía, Eros ha quedado en las siguientes condiciones. En primer lugar, es siempre pobre y dista mucho de ser delicado y bello, como cree la mayoría, sino que es duro y flaco, descalzo y sin hogar, duerme siempre inseparable de la indigencia, por tener la naturaleza de su madre. Pero, por otro lado, de acuerdo con la índole de su padre, está al acecho de los bellos y de los buenos, y es valeroso, intrépido e impetuoso, cazador formidable, que siempre está urdiendo alguna trama, ávido de conocimiento y fértil en recursos, amante del saber a lo largo de toda su vida, formidable mago, hechicero y sofista. Y no es por naturaleza ni mortal ni inmortal, sino que unas veces en el mismo día florece y vive, cuando tiene abundancia de recursos, y otras veces muere, pero vuelve a revivir a causa de la naturaleza de su padre; mas aquello que consigue, siempre se lo va gastando, de suerte que Eros ni carece de recursos nunca ni es tampoco rico, y está, a su vez, en medio de la sabiduría y la ignorancia.

Eros, el feo y envidioso, busca al ser-por-amar para apropiarse de él, para dominarlo. Según la analogía con la que hemos comenzado, el conocer también puede ser erótico cuando pretende alcanzar de lleno y dominar lo conocido y lo por conocer. Es el caso de Hegel, sobre el que Adorno reflexiona en Tres estudios sobre Hegel, que, en su Fenomenología del espíritu, nos presenta su dialéctica –el método de las tres etapas que servían de explicación desde la contradicción– que, muy a pesar de él, se vuelve en su contra. Él definió con acierto esta como el «espíritu de contradicción organizado», y así es, ya que busca encajar –y no es inocente la palabra, meter en cajas, en compartimentos cerrados– lo por conocer según un sistema ya definido, en el que desde el principio se sabe ya el final, buscando así llegar al absolut(ism)o. Pero no es oro todo lo que reluce: lo perfecto, lo ilimitado, indica ya un más allá de sí mismo. No es posible abarcarlo todo –o, de mantenerlo, es inevitable que algo quede fuera–. Consciente de este fallo fue toda la filosofía posterior al final de la modernidad, pero contaban con una potente arma para seguir amando, la dialéctica y el poder de las contradicciones.

1 Flores deshojadas

Resultado del amor erótico es el abandono del ser querido, dominado, casi inerte [Ramón Casas, Flores deshojadas, 1894].

El otro modo de amar que quiero traer a colación es el de los amantes que solo viven para amarse que he llamado denominado obsesivo. Son los amantes que solo miran para ver a su amado, solo oyen para escuchar a su amado, solo tocan para sentir a su amado… los amantes que se besan obviando su alrededor, que no necesitan de nada para amarse salvo el estar uno en frente del otro. Pero, evidentemente, al amarse así, estos amantes pierden la posibilidad de amar a nadie más, sea del modo que sea, pues están demasiado ocupados en un beso que, por ellos, podría durar eternamente.

Husserl, heredero de ese final de la modernidad y punto de partida del siglo xx y toda la filosofía (incluida la de Adorno) que se generó en este, encarna este modo de amar que Adorno analiza en Sobre la metacrítica de la teoría del conocimiento. Según Husserl el verdadero conocimiento se produce cuando sujeto y objeto no tienen mediación: solo cuando somos capaces de eliminar cualquier interferencia –independientemente del tipo que sea, ambiental, un prejuicio… incluso otros conocimientos y experiencias–, entonces se produce el conocimiento. Se trata de la inmediatez, para conocer cualquier cosa hay que acudir a la misma cosa. Y ello conlleva sus riesgos ya que uno puede conocer así muchas cosas, pero sin relacionarlas entre sí: esta concepción rechaza el análisis dialéctico y, por lo tanto, la posibilidad del movimiento, del salto del conocimiento de algo al conocimiento de otro algo y, por ello, es imposible conocer cualquier realidad de manera efectiva.

Del primer modo de conocer-amar, el erótico, fácilmente puede derivar un régimen totalitario en el que dominador y dominado se encuentran en desigualdad según un esquema que, por mucho que se progrese, se repetirá dada la imposibilidad de (re)conocer un afuera. Del mismo mal se nutre el conocer-amar obsesivo, aunque de un modo distinto, ya que los amantes, ensimismados en su amor, son incapaces de despegarse para poder conocer algo distinto de lo que ya conocen.

Adorno, en estos textos, se propone analizar estas epistemologías, dando un paso atrás, para así contemplarlas mejor, para poder aprovechar las virtudes –la dialéctica y la inmediatez– y desechar los abusos y excesos de la filosofía de estos dos autores. Se hace así imprescindible para un recto conocer –y, por qué no, amar– que sea justo con lo que ya conocemos y lo que aún nos queda por conocer. Y es que solo, haciendo el ejercicio reflexivo que Adorno nos propone, amar el conocimiento, será auténtica la Filosofía.

La involatibilidad de lo transparente


“¿Cómo puedo no conocer hoy tu rostro mañana, el que ya está  se fragua bajo la cara que enseñas o bajo la careta que llevas, y que me mostrarás tan sólo cuando no lo espere?” Así rezan unas líneas de Javier Marías de Fiebre y Lanza. Me considero afortunado de sí poder ver el fondo de los tuyos, con mis ojos ir de lo opaco a lo transparente. Me llena de alegría poder decir -Ése eres tú-, y saber que esos mismos ojos oscuros pueden ver a través de mí.

La deformación de la forma


“Contar deforma, contar los hechos deforma los hechos y los tergiversa y casi los niega, todo lo que se cuenta pasa a ser irreal y aproximativo aunque sea verídico, la verdad no depende de que las cosas fueran o sucedieran, sino de que permanezcan ocultas y no se cuenten, en cuanto se relatan o se manifiestan o muestra, aunque sea en lo que más real parece, en la televisión o el periódico, en lo que se llama la realidad o la vida, o la vida real incluso, pasa a formar parte de la analogía y el símbolo, y ya no son hechos, sino que se convierten en reconocimiento. La verdad nunca resplandece, como dice la fórmila, porque la única verdad es la que no se conoce ni se transmite, la que no se traduce a palabras ni a imágenes, la encubierta y no averiguada, y quizá por eso se cuenta tanto o se cuenta todo, para que nunca haya ocurrido nada, una vez que se cuenta”.

Javier Marías, “Corazón tan blanco”